
Estas preguntas se las hace Nelson Mandela, el primer presidente electo democráticamente en Sudáfrica, al capitán de la selección de rugby de ese país, antes del Mundial del 95, en la última película de Clint Eastwood, Invictus.
La respuesta sirve para entender por qué –aunque en la previa Maradona haya quemado todos los libros- Argentina va a levantar la copa del mundo dentro de un mes.
Mandela le dice al rugbier blanco y rubio, después de servirle el té, que para ser grande no alcanza con correr más que el resto: se necesita inspiración.
Mandela estaba haciendo política. Intentaba que los Springboks representaran e identificaran a todo el país. Que se convirtieran en mucho más que un equipo de rugby; un lazo de unión en una sociedad violentamente dividida –el rugby era uno de los símbolos de la segregación.
Durante los 27 años que estuvo preso en Robben Island, el líder encontró inspiración en un poema victoriano:
Les doy gracias a los dioses
por mi alma inconquistable
soy el amo de mi destino
soy el capitán de mi alma.
Sudáfrica, que tenía un equipo con talento pero que no podía con los grandes, venció a los poderosos All Blacks en la final contra todos los pronósticos.
En los últimos mundiales de fútbol vimos a selecciones argentinas sin inspiración, técnicos que intentaban fórmulas exitosas pero sin la convicción y la presión que significa aspirar a la grandeza.
Lo primero que hizo Maradona al asumir como DT en la selección fue darle un alma y un capitán: Mascherano y diez más. Hoy, el talento sobra.
Pero falta la inspiración, que no llega por un poema, ni un video, ni un afiche. Que tiene que aparecer a partir de mañana. La inspiración es Diego: la decisión de poner en juego los laureles conseguidos, su tranquilidad, la barba canosa, la mirada al cielo y el crucifijo apretado cuando suena el Himno.

2 comentarios:
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