08 agosto, 2008

Beijing

Hace un tiempo, en Buenos Aires fuimos con una gente poco conocida, bajo recomendación de gente aún menos conocida, a un restaurante chino (de comida china). Nos habían dicho que en ese lugar hacían platos típicos “de verdad”. Y era cierto. Mucha soja, variedades de verduras, arroz y pescado. La comida tenía una marcada impronta oriental (una mezcla de sabor a miseria y gusto a nada). Lo más memorable de la noche fue saciar la curiosidad.

Cuando nos íbamos, alguien dijo: “Todo bien con los chinos pero a mi me gusta más el sushi que venden el shopping”.

Globalizar (occidentalizar) los sabores es algo que hacen muy bien los shoppings, los aeropuertos y las cadenas internacionales de comidas rápidas. Intentan volver sabroso lo insípido, convertir la comida de los pobres en platos exóticos y divertidos.

El sábado pasado hicimos cine y McDonalds. Se cumplían dos de las condiciones para comer porquerías sabrosas: estábamos en un shopping y en una cadena internacional de comidas rápidas. Todos pidieron cosas normales, McNífica (hamburguesa completa) mi novia y mi hermano, pechugas de pollo mi hermana y la novia de mi hermano. Todas tenían queso, “El queso de McDonalds es re rico, parece de plástico pero está buenísimo”, decían.

Yo, inspirado por el espíritu olímpico y siguiendo mis teorías sobre la occidentalización de los sabores, pedí el Menú China. Desde ya, que McDonalds sea sponsor oficial de los Juegos Olímpicos de Beijing/Pekín es raro. Es verdad que comparten los colores, pero no todos los rojos son iguales. El rojo detrás de la gran M amarilla es secundario, sirve para llamar la atención, es una simple cuestión de marketing. En la bandera china el rojo es lo que importa, no el amarillo.

La cuestión es que en menos de dos minutos (como dice la regla) llegaron todos los pedidos en sus paquetas cajitas, menos el mío. Las cajitas: desde que Michael Douglas en Un día de furia, entró con una ametralladora a un fast food (ver video) y le mostró al empleado del mes que la hamburguesa que le vendían era un chiste comparada con la de la foto, se dieron cuenta de que el producto necesitaba un envoltorio que disimule el engaño. Primero fue de papel, pero al notar que se teñía de grasa, aparecieron las cajitas. No tengo dudas de que las cajitas blancas cuestan más (o lo mismo) que lo que tienen dentro. Yo seguía esperando. Espiaba la llegada de los pedidos esperando que aparezca una cajita roja con un dragón o algo acorde a la llamada Hamburguesa de Beijing. Pero no, la presea olímpica venía en la cajita de la McNífica marcada con un círculo rojo. La oveja negra, la hamburguesa comunista.

Hora de comer. Las sillas son incómodas, las mesas son bajas y se te clavan en la panza, te dan pocas servilletas. Todo está pensado para que te den ganas de irte, para que no ocupes espacio. Me senté con mi combo completo, abrí la cajita y me encontré con la hamburguesa más fea que comí en mi vida. Lo oriental era una mezcla horrible de zanahoria, brotes de soja y lechuga con aderezos que se caía por los costados cuando intentabas morder y encima estaba fría. Y sin queso. “Y, está rica?”, me preguntaban, riéndose por dentro. Si, no es la gran cosa pero está bien, mentía yo para admitir la derrota.

La moraleja: hay un límite. Se puede occidentalizar lo oriental, pero de ninguna manera orientalizar lo occidental. La hamburguesa china no existe.

Cuando la terminé con las manos hedientas a ketchup, mostaza, barbacoa, o la mierda que le habían puesto, disimuladamente, dije que iba a buscar servilletas, hice la cola y me compré una hamburguesa con queso.